
8.1.09
Hoy desnudamos a un personaje narcisista ¿De quién estamos hablando?

17.9.08
Mujeres
Jaime Bayly.Mi primera mujer fue una prostituta. No recuerdo su nombre, no sé si llegué a preguntárselo. Me atendió amablemente, aunque con cierta premura comprensible. No le costó trabajo advertir que los temblores de mi cuerpo se debían no al frío que yo alegaba sino al temor a fracasar con ella, la primera mujer que finalmente podía tocar desnuda.
Fracasé, por supuesto, y a ella poco le importó. Para vengar la afrenta, insistí con una prostituta que trabajaba en una casa de masajes. Mi cuerpo, una vez más, se rehusó a obedecerme.
Por mucho que lo intenté, no pude obtener alguna forma de placer de esos forcejeos fallidos con un cuerpo al que, aun esforzándome, no conseguía desear. Lo peor no fue pagar sino pedir disculpas por no estar a la altura de la circunstancias. Oficialmente tuve una novia en el primer año de universidad. Se llamaba Ana.
Lo que me atrajo de ella fue su descuidada elegancia, la elegancia de una señora precoz, y su manera de fumar. La llevé a cenar con mis abuelos y la aprobaron. Mi padre vino una tarde a visitarme y vio una foto de ella en mi escritorio y no dijo nada pero me miró con un aire raro, no sé si sorprendido o contento o ambas cosas a la vez. Ana y yo salíamos a bailar los fines de semana.
Ella fumaba mucho. Era muy inteligente, sabía de historia y política y le gustaba demostrarlo. Su hermano era extraño, decía que quería ser presidente. Sus padres simulaban quererme pero en el fondo me veían con recelo, no les gustaba que saliera en televisión a tan temprana edad.
Cuando nos quedábamos solos en su casa, ponía la música que más le gustaba -Genesis, Peter Gabriel- y nos enredábamos a besos, unos besos que por mi parte eran atropellados, torpes, excesivos. No sé por qué terminamos, tal vez porque se hartó de mis besos o porque conocí a su prima. Su prima también estudiaba en la universidad y era más linda que ella.
Se llamaba Micaela. Fue la primera mujer a la que, venciendo el miedo escénico, pude amar. Yo fui también su primer hombre o eso fue lo que ella me dijo y ella no mentía. Era una mujer inolvidable en muchos sentidos, no sólo por su belleza sino por su inteligencia, su aire bohemio y su carácter apasionado.
Hicimos viajes juntos, elegimos los nombres de nuestros hijos, nos escribimos cartas desesperadas en aquellos años en que todavía se escribían cartas de amor y luego ella se fue lejos y cuando fui a buscarla ya era tarde, ya se había enamorado de otro. A Estefanía, la hermana de un amigo, le gustaba tomar champagne antes de sacarse la ropa, obligarme a bailar aunque me quejase y pedirme prestados sacos y casacas que nunca me devolvió (y no le pido que me las devuelva, pues ya no me quedarían).
Lo que más me gustaba de ella es que entendía bien la naturaleza de la amistad que nos unía a su hermano y a mí, algo que, lejos de escandalizarla, parecía divertirle. Cuando pienso en ella, la veo tendida en la alfombra de un departamento vacío, con una botella de champagne.
No fue amor, fue sólo un juego retorcido del que supimos salir ilesos o casi. Lo que ha quedado en mí de Gabriela es el sabor salado de sus besos con olor a cerveza aquella noche que bajamos al mar en el auto de mi madre cuando su novio estaba de viaje.
No debió ocurrir, pero ocurrió, y luego todo se torció y la amistad se echó a perder, aunque en realidad yo nunca he sido amigo de nadie, ni siquiera de mí mismo. Mi prima Araceli me regaló una tarde de amores furtivos en un hotel, una tarde en la que me asaltó la evidencia de que yo no había nacido para triunfar en esos asuntos resbaladizos.
Luego se fue a vivir lejos y yo no la perseguí ni contesté sus cartas porque me humillaba el recuerdo de mi ineptitud pasmada frente a su destreza para el combate cuerpo a cuerpo.
Aunque fue una noche y solo una noche -en realidad, un amanecer-, no puedo pasar por alto la emoción que me embargó cuando me deslicé en la cama de Milagros, la hermana de un amigo, y fui suave y generosamente recompensado por esa chica rubia a la que nunca más volví a ver.
Sin desmedro de sus encantos, que no eran menores, tal vez aquella madrugada resultó inolvidable por la proximidad en la que se hallaban durmiendo sus padres y su hermano, quienes me creían incapaces de esa felonía, que a ella, sin embargo, no pareció sorprender.
Josefina me enseñó a caminar por las calles de su ciudad, a moverme en autobús, a querer a su hija que patinaba en el parque (de la que luego tomé el nombre para una de mis hijas), a ver dos y tres películas una sola noche, a leer los libros que me recomendaba con pasión. Era una mujer fascinante. La amé sin necesidad de hacer el amor. En unas pocas (divertidas) ocasiones, intentamos hacer el amor pero resultaba un estorbo para amarnos. Nos vemos muy rara vez. Eso no ensombrece la certeza de que la sigo queriendo.
Todo lo que puedo decir de Sofía es que fue mi mujer por diez años y me dio dos hijas que ahora son, junto con ella, mis mujeres por todos los años que me queden de vida. No sé si es insuficiente decir esto para describir el tipo de alianza que me une con ella, una alianza que sobrepasa las leyes pasajeras del deseo y la posesión.
Quizá sea mejor decirlo de esta manera: nada de lo que pueda darle compensará en belleza, arrojo y plenitud lo que ella me dio. Ya no es mi mujer, no dormimos juntos, pero hemos encontrado otras formas más exactas y perdurables de querernos. Es sin duda la mujer que más me ha amado y la que más he amado y lastimado a partes iguales. Las heridas, o el recuerdo de esas heridas, se olvidan cuando nuestras hijas sonríen, que es algo que por suerte pasa a menudo.
No exagero cuando digo que ninguna mujer me ha turbado en todos los buenos y malos sentidos, pero sobre todo los malos, como me ocurrió con Isabela. Fue una pasión escondida y deshonesta -es decir, más completa y placentera-, porque ella estaba casada y su marido me conocía y, lo que es peor, confiaba en mí. Pudimos haber tenido un hijo, el azar no lo quiso. Yo era el hombre que ella podía ser a veces con otras mujeres y ella era la mujer que yo podía ser a veces con otros hombres. Su cabeza de loca de patio era la mía.
Cada suave contorno de su cuerpo habita en mi memoria. Si hay una mujer a la que no me cansaré de extrañar, es Isabela. Pero ella ya no me desea, o desea que yo sea una mujer, una loca de patio como ella. Con Andrea me pasó algo raro, y es que se hizo un tatuaje en la espalda con mi nombre, lo que parecía un gesto desmesurado de amor, pero nunca me provocó tocar esa piel, besarla, lamerla, hacerla mía, ni siquiera lamer ese tatuaje con mi nombre, lo que hubiera sido como besarme a mí mismo.
La última mujer con la que pasé una noche fue Lola. Esto ocurrió hace ya cinco años y, debido a sus apetitos ingobernables, quedé bastante maltrecho y deshidratado. Al día siguiente, bajé al bar del hotel y me enamoré de un hombre alto, flaco y valiente para el amor. Desde entonces no he tenido más mujeres.
16.9.08
Vicky Cristina Barcelona, de Woody Allen

Ficha técnica mínima:
Guión: Woody Allen. Intérpretes: Rebecca Hall, Scarlett Johansson,
Penélope Cruz, Javier Bardem, Patricia Clarkson, Kevin Dunn, Chris
Messina. 96 min. Adultos. (SD)
8.4.08
Caligrama
El vocablo caligrama, como lo conocemos ahora, viene del francés “calligramme” y se suele utilizar para calificar a poemas de carácter visual en los cuales las palabras utilizadas con la finalidad de crear una imagen, cumplen una doble función:
• generar imágenes por medio de los sonidos y la cercanía de unas palabras con otras.
• disponer las palabras sobre el papel (o en las artes visuales otro tipo de soporte: como madera, metal, telas, acrílicos u otro tipo de materiales) de manera que conformen o “dibujen” la forma a la que se está haciendo alusión que puede ser un personaje, un animal, un paisaje, una sensación de quien escribe o cualquier objeto o tema. Así, podemos hablar de caligramas o poemas visuales que hablan y dibujan a un tiempo sobre el yo, algún animal, el viento, el instante, la lluvia, la tristeza, etcétera.
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El arte de Soledad Bravo
Todavía no se como insertar el player de MyBloop - ese maravilloso servicio web que permite alojar fotos, vídeos, música o cualquier tipo de archivo- en mi blog, pero pronto lo sabré.Por ahora, para que no se pierdan esto, les obsequio el link de Soledad Bravo "Antología CD 1" y Soledad Bravo - "Antología CD 2", en Música para Escuchar y Disfrutar, original blog con un nombre que me cae simpático, lleno de sonidos y colores, bajo el lema "La música que escucha un mexicano - venezolano... y que tengo el gusto de compartir con quién la quiera escuchar y disfrutar" y estas dos imágenes de lo que contiene el post, que me ha llamado la atención porque me encanta la voz y el talante de esta mujer nacida en Logroño España, que escogió ser venezolana y quien lleva más tiempo en el canto que yo con aliento.
Cada vez que voy a estos enlaces, que tengo entre mis favoritos, me quedo "fijo" escuchando una trova que recrea mis oidos y mis sentidos, atrayendo recuerdos que permanecen dormidos en mi mente hasta que Soledad los despierta "con su cañón de futuro".
Soledad es un ser especial cuya historia sólo se ha contado auditivamente -lo ha hecho ella con su voz y lo han hecho sus amigos, hablando de ella- pero Soledad Bravo merece no sólo eso, sino un homenaje, un tributo, una ciudad (¿Soledad, en el estado Anzoátegui?), un sitio web, un blog, un programa de televisión, una edición especial con todas sus canciones y su trayectoria, un libro, una película, unas flores, un abrazo y un beso.
(Adoro a Soledad desde chirriquitico cuando ella -sin saberlo- cantaba al lado de mi cuna para que me quedara tranquilo, gracias a la inteligencia de mi madre).


Por cierto, que en un concierto que Soledad dará en Barquisimeto, con motivo del Día de la Madre, cantará "Ella me quiso tanto" en el Bloop 2 aquí reseñado, pista 2, "Palabras de Amor".

